Recuerdos de tierra extrema

CEZ-Recuerdos-de-tierra-extremaHoy, primer domingo de mayo, es vuestro día. Mujeres que renunciais a vuestros cuerpos, vuestro tiempo, vuestra intimidad, vuestra vida social, y no se cuantas cosas más, por la ilusión de ver a esas personitas llamaros “mamá”

Hoy no es mi día, ya que no formo parte de ese “selecto club”, pero sí el de mi madre, que renunció a todo lo anterior y mucho más.

Para ella retomo este post, que ya publiqué hace tiempo, donde le traigo un poquito de esa tierra que tanto añora, y tan poco disfruta, y que le ha dado el apellido a este blog.

Para ella, y para todas vosotras: “Feliz día de la madre”

Siendo niña, cambiábamos el caluroso verano madrileño por el extremeño. Mucho mas llevadero, ¡donde va a parar!

No fueron muchos, pero suficientes para dejarme tantos recuerdos, y tan entrañables, que un pedacito de mi añora aquella tierra, que es la de mi madre

Recuerdos como aquellas mañanas en el zaguán de mi abuela jugando con la vecina de turno, (porque si nos dejaban en la calle podían recogernos cual mojama), y tardes corriendo con mis primos tras las cabras de abuelo y metiendonos en todo charco suficientemente profundo para que salpicara bien, mientras me tiraban de las trenzas para hacerme rabiar.

Las carreras en pandilla hasta la tienda de chuches del tío peseta para comprar esas monedas de chocolate de “a duro”, a las que no me podía resistir a pesar de que siempre me sentaban mal,  y mi madre sufría mientras refunfuñaba un “a saber cuantas te has comido, golosa”. O los chicles de sandía imposibles de mascar, que tardaban toda la tarde en ablandarse lo justo para no romper alguna muela.
Aquellas noches de verano en las que abuela agarraba la silla y salía “a tomar el fresco” en la puerta de casa con las vecinas. Pasaban el rato cosiendo, charlando, y siempre haciendo un buen traje a la que faltaba. Cosas de abuelas de pueblo.

Tengo la imagen de abuelo durmiendo en el banco del zaguán, porque no había quien parara en la cama de calor. Y mis tíos en el suelo, sobre una espartera, o directamente sin ella, sacando agua de la tinaja para sofocar la sed e intentar aprovechar las últimas horas de sueño antes del alba.

El día que me intentaron enseñar a hacer chorizos y acabaron en cualquier parte menos en la tripa embutidos.

Escaparse en la siesta con mis primos, para ir a coger higos chumbos en mata ajena, y correr con ellos envueltos en una camiseta (porque se defienden que da gusto) cuando nos pillaba el dueño. O, cuando había más suerte, llevarlos a lavar a “la Breña” y acabar con las manos churretosas, la cara naranja y la tripa al borde del colapso. Con una sonrisa que no cabía en esas caritas satisfechas.

El montar la yegua con mi tío, y sentirme tan asustada como poderosa, a pesar de ser un mico.

Aprender a ordeñar las cabras con abuelo, y después convertirla en queso de la mano de abuela.

El colegio, con sus mesas de triángulos de colores y diferentes tamaños, con las que aprendíamos nombres extraños como “hexágono” o “polígono”, imposibles de repetir en casa cuando nos preguntaban qué nos había enseñado la señorita ese día.

La carpeta de dibujos, a los que me entregaba con esmero para que no se me escapara ni un trazo de color fuera del contorno. Y cuando sucedía, montaba un drama digno de la mejor tragedia griega.

El olor a aceite que invadía la casa, prueba de las rosquillas, magdalenas, perrunillas, bollas de chicharrón, y demás dulces que no faltaban para el desayuno.

Acompañar cada mañana a mi tía al “colmado” para comprar el pan del día, la “casera de limón”, el sifón y la leche de vaca para “la su niña”, porque la de cabra era muy fuerte.

Las porras de los fines de semana, y el olor a café con leche (eso sí, de puchero), que tomaban “los mayores”

Escuchar como llamaban “Pili” a mi madre, y no entender por qué, cuando su nombre es otro.

Y una infinidad más de recuerdos que necesitarían un sinfín de palabras para ser expresados.

Todos y cada uno se los debo a quien me dió la vida un caluroso día de octubre, y a punto estuvo de dar la suya en el trámite.

Esa mujer, de carácter complicado y seco a primera vista, pero dicharachero y tierno para los que la conocen. La que en los momentos difíciles saca fuerza de donde no queda, y sigue adelante.

Gracias a ella, y a su obstinación por vivir, hoy puedo decirle.

¡Felicidades, mama!



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12 comentarios en “Recuerdos de tierra extrema

  1. No conozco Extremadura, gracias por compartir un poquito de tu infancia y de esa tierra con nosotros! acaba de entrarme nostalgia de los viejos tiempos… eso de estar alejados de la tecnología y vivir “otra realidad“ diferente a la actual tenia su encanto. Un beso y aunque un poco tarde, feliz dia a tu mami! Y hoy ya, buen lunes.

    1. La ocasión merecía compartir un pedacito de mi con vosotros, y veo que os ha gustado.
      Si tienes ocasión hazte una escapadita a tierras extremeñas, pero no en verano que puedes derretirte, y más acostumbrada a los fríos austríacos.
      Muchas gracias por pasarte y comentar, Jaio. Siempre es un gusto tenerte por aquí.

      Nos vemos en el 8J
      Besos!!

  2. Qué post más chulo! ¿Sabes? Todos los veranos de mi infancia fueron extremeños y me he visto muy reflejada en tus vivencias, sobre todo en lo de pasar las siestas en el zaguán. Qué manera de hacer calor 🙂 Un beso grande para ti y otro para tu madre!

    1. Bienvenida al zaguán, Patch.

      Somos muchos los medio extremeños camuflados que sobrevivimos a esos calores (aquello era inhumano) Es una pena que sea una tierra tan tremendamente desconocida y olvidada, a pesar de su belleza.

      Muchas gracias por pasarte y comentar, un placer tenerte por aquí.
      ¡Besos de vuelta!

    1. ¡Qué haríamos sin ellas! Cuando somos adolescentes no paramos de quejarnos por como son. Y cuando crecemos, poco a poco nos vamos convirtiendo en ellas, aunque no nos demos cuenta.
      ¡Besotes, Alter! Que te tengo abandonadita.

  3. Yo recuerdo los fines de semana en el pueblo de mi abuela materna, cuando íbamos a comprar la leche directamente ordeñada de una vaca y había que dejarla hervir durante muchísimo rato para quitarle “lo malo” y que los niños pudiésemos tomarla. Allí todos te llamaba por la expresión “la niña de la Julia” y nadie sabía tu nombre pero sí exactamente quién eras.

    1. Momentos únicos que nos da el mundo rural y todos deberíamos disfrutar.
      Allí cada familia tiene un mote concreto, y me pasaba como a tí, era “la nieta de corruco” (allí todas las familias se conocen por un mote). Era gracioso cuando alguna paisana me preguntaba: bonita, ¿y tu abuelo quien es? Y hasta que no le decía el mote la mujer no se ubicaba.
      Gracias por pasarte y compartir tus recuerdos.

Y tú, ¿qué opinas?

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