Un Halloween muy particular

Vaya por adelantado que soy un poco rancia con esto de las fiestas impuestas, (más bien totalmente rancia) en las que hay que pasárselo bien, sí o sí, y donde todo el mundo está “happy, happy” aunque no soporte a los que tiene enfrente, del que no se acuerdan el resto del año, en pleno ataque de “love is in the air”.

Si le sumamos la mutación que han sufrido dichas fiestas desde que la globalización y los grandes almacenes nos trajeron gordos en trineo comiendo terreno a los “Reyes Magos de toda la vida” (ya hablaremos de la Navidad en un mes),  que los antes denominados “Todos los Santos” se han visto desplazados por zombis de toda condición luciendo la mayor casquería posible, o que a la pregunta “huesos de santo o buñuelos” ahora se contesta con “truco o trato”, pues miren ustedes, Halloween no me seduce.

En vistas del poco gusto que gasto por las tradiciones importadas,  Mr. Murphy ha decidido que como mejor se cura esto es por “el método de inmersión”, como si de un curso de idiomas se tratara.

Para empezar el mes, me trajo una gastroenteritis y algo parecido a un virus estomacal, que me tuvo en un ensayo contínuo de la vomitona de La Niña del Exorcista. Entre los kilos de menos y la cara de enferma parecía la Novia Cadaver.

Aprovechando mi debilidad, un ejército de troyanos tomó mi portátil al más puro estilo Gremlins I, y sigue instalado en mi disco externo pasándoselo pipa con mis copias de seguridad y mis fotos. Y lo que es peor, sin vistas de marcharse sin saquearlo primero.

En medio de esto, la vecina descubrió una gotera y ahora los muebles de mi lavadero decoran mi salón, y un agujero tan pestilente como el aliento de cualquier momia hace compañía a la lavadora, a la que no le debe hacer mucha gracia porque ayer la encontramos intentando huir por la cocina después de la colada de sábanas. Pobrecita mía.

Como parecía que aún no tenía Halloween muy interiorizado, los del octavo decidieron que era momento para echar el resto, con Iberdrola como cómplice. La vecina salió a la escalera a grito pelado, a oscuras, mientras llamaba al portero entre alaridos, y todo para informarnos de que cambiaba la bata y los rulos por aletas y bañador ya que se había roto la tubería de la calefacción central y ahora tenía una piscina cubierta en el salón. Exagerada. Que nos haga el carnet de socio y no arme tanto escándalo, que una no está para sustos.

Como decía, la compañía eléctrica ha estado poniéndonos en situación para que la oscuridad de alguna fiesta del día 31 no nos de miedo, y ha decidido cortar el servicio de la finca de manera intermitente, y a traición, con la técnica de primero la corto y luego pongo el cartel avisando, al parecer por obras en la instalación.

¡No veáis lo bien que lo hemos pasado! Esto ha sido lo más divertido.

Nos despertamos sin saber qué hora es, porque el despertador no funciona. Salimos pitando, a oscuras, pensando que nos hemos quedado dormidos, y llevandonos por delante todas las esquinas de la casa, mientras pensamos que entre esto y la huelga de transporte llegaremos al trabajo a la hora de volvernos, si hay suerte. Estás haciéndote a la idea de ducharte a oscuras y con agua fría (sin luz volvemos a la edad de piedra) cuando encuentras el reloj de pila “de toda la vida” y ves que aún te quedan un par de horas de sueño. Bueno, para entonces tendré agua caliente. O eso espero, si no me han quemado la caldera con un pico de tensión (ya le pasó a la vitro en otra ocasión)

Hablando de la huelga de transporte, eso sí que es terrorífico. Entras en la estación y ya te escama la poca cantidad de gente. Enfilas las escaleras y, cuando estás desprevenida poniendo en marcha el ebook, giras en el pasillo y…. ¡AHÍ ESTÁN!

Te sientes como el protagonista de The Walking Dead en medio de Atlanta, y empiezas a buscar el tanque con la mirada (si no habeis visto la serie, la escena da miedito), mientras notas los ojos de todos clavaditos en tí a la vez que se apretujan unos contra otros para que no vayas de lista e intentes entrar en el próximo tren que, mira tú que suerte, parece que va a entrar en la estación media hora después del último. Cuando se abren las puertas del tren te das cuenta de que lejos de ser una escapatoria trae refuerzos para los zombis del andén, y aquí sólo tienes dos posibilidades:

1- Te haces el zombi (nunca mejor dicho), y te metes a empujones en el vagón pasando por encima de quien sea que se interponga entre tú y tu objetivo.

2- Te das la vuelta y empiezas a correr escalera arriba, sin parar hasta llegar a casa y hacerte con las llaves de tu coche.

He provado ambas dos y, sin lugar a dudas, me quedo con la segunda. Aunque aún me quede el sustazo de tener que salir cada dos horas a poner 2.80€ en el parquímetro (siempre que sea hora valle, claro)

Sólo una vez se me ocurrió optar por la primera, y cuando conseguí salir del vagón, empujada por la marabunta, tuve que subirme a un banco a esperar que se desalojara el andén para que no me tiraran al suelo entre empujones y me pisotearan. Allí estábamos una señora de más de cincuenta agarrandose a su bolso como a un salvavidas, un chaval sacando fotos con el móvil y servidora, subidos al banco salvador. Nunca más.

He de decirle a Mr Murphy que con todo esto sólo ha conseguido que me guste menos aún este invento de “ponte cuatro trapos, píntate como la Montiel, y a pasar miedo”

Yo, por ahora, me quedo aquí contando las horas para que lleguen las 20:00. No para lucir mi disfraz de bruja, que ese ya lo llevo puesto todos los días, sino para volar en mi escoba hasta el aeropuerto y ver aparecer por la puerta a Klein Cousine después de siete meses

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2 comentarios en “Un Halloween muy particular

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