Destino Rumanía: “Chospando por Chiril”, hasta llegar a Vama

Ya llevabamos unos días de rodaje por Rumanía, y sus carreteras, por lo que sabíamos que la jornada sería dura.

Empezamos con un desayuno de los de echarse a dormir para digerirlo, pero en nuestro grupo el sueño se considera sobrevalorado, por lo que pusimos las piernas a punto para “escalar” hasta la ciudadela de Sighisoara. (si, si. He dicho escalar, porque subimos una escalerita que, aunque no era muy larga, estaba empinada de narices. Aunque esta no sería la peor)

Llegamos a la ciudad, y empezamos a descubrir todo aquello que el hambre lobuna no nos había dejado apreciar la noche anterior.

Os presento la que creíamos que era la escalera del horror.
El colorido de las casas es impresionante

Cuando llegamos a la “cumbre”, no se si nos quedamos sin aliento por la subida o por encontrarnos un pueblito amurallado digno exponente del Bonítismo.

Nos dimos una vuelta por sus calles, disfrutando del solete y la luz tan especial que había.

Y el de las plazas, también.
¿O no?
Ahí os dejo una vista desde la plaza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta llegar a la verdadera “escalera del horror”, y no porque Drácula nos estuviera esperando al otro lado.

Así llegas
Así empieza

 

Las piernas se resienten, pero la vista merece la pena.

Y el paseo de bajada, también, donde vimos cafés adosados a la muralla,

 

¿No os entran ganas de tomaros un cafetito al solete?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y hasta la casa del mismísimo Drácula, (o eso dicen ellos, que yo no me creo ni media)

Ese momento turista total.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya se nos echaba la hora encima, como siempre, así que cogimos las de Villadiego, y nos despedimos de la torre del reloj y nos pusimos en camino.

 

 

 

 

 

Estábamos acercandonos a la zona más rural, y eso se notaba. Juzguen ustedes.

Llevo cebollas, oiga!
Road Family Trip

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este mercado paramos a comer, algo entre salchicha casera y chorizo, mientras los paisanos salieron del bar y se sentaron en la mesa de al lado, preguntandose qué leches hacíamos allí. Igualito a lo que hacen las viejas de mi mundo rural, o el Birlache, como lo llama mi padre.

 

 

Este sería el recorrido más verde de todos, (y no porque seamos unos guarretes, que no es el caso), porque atravesaríamos un parque natural con su lago, su estrecho, y sus árboles del Señor de los Anillos (no se a qué se van tan lejos a rodar, cuando en Europa tenemos bosques increibles, ya ves tu)

 

Atravesamos bosques de película, hasta llegar a Chiril, donde la carretera se bifurcaba y no teníamos muy claro cual seguir. Optamos por hacer caso a la intuición y al mapa de la Pequeña Chunga, y acabamos metiendonos en un camino de cabras (literalmete), donde los pocos excursionistas con los que nos cruzamos nos miraban entre atónitos y asustados, pensando quienes serían esa panda de descerebrados, en un Focus cargadito, por un camino de montaña de un coche de ancho (ni se me pasó por la cabeza parar y salir a hacer fotos. Miedito de verdad) Sólo nos faltó que nos apareciera un oso.

¿Veis la montaña al fondo?, pues por allí metimos el Focus. Una y no más.

 

Para no perder la costumbre, llegamos a Vama de noche, con fresquete, y un hambre de oso. Nada más entrar en la Pensiunea Lucia Bucovina, se nos cayó el alma a los pies, porque no era lo que nos esperábamos (teniendo en cuenta las pensiuneas anteriores, esta estaba bastante por debajo), pero al entrar en el comedor, y ver que nos esperaban con una cena típica rumana, con su sopa, su carne y su postre, empezamos a verlo de otra manera. Nos terminaron de convencer con un licor de moras que calentaba que daba gusto.
Allí coincidimos con una familia española, con la que compartimos mapas, experiencias y una demostración de decoración de huevos de pascua (que luego vendían, claro)

 

Huevos de Pascua

Tuvimos la suerte de que también se alojaran allí los restauradores de los monasterios moldavos, y nos explicaron el mejor recorrido, y algunos detalles de su trabajo. Todo un lujo.

Nos moríamos por una cama, pero Alex, uno de los dueños, tenía unas ganas locas de hablar y hablar, y la verdad es que estábamos muy a gusto.

Al fin conseguimos escaparnos hasta nuestras camitas, e intentar descansar escuchando la lluvia caer.

 

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